Lo que comenzó como una visita casual al telo se convirtió en pura adrenalina. Ella se lucía con una mamada profunda y, justo cuando me pedía a gritos que se la metiera, la situación dio un giro inesperado: no estábamos solos. Alguien nos observaba desde las sombras, convirtiendo nuestro polvo en un espectáculo prohibido.