El sol ya estaba más alto y la arena ardía bajo nuestros cuerpos desnudos. La timidez había quedado atrás. Las miradas eran más directas, las manos más firmes y el deseo imposible de ocultar.
El calor del día se mezclaba con el calor de nuestras pieles, haciendo que cada roce se sintiera más intenso, más necesario.
Entre risas suaves y respiraciones agitadas, el juego se volvió entrega. El sudor, la sal del mar y el sol cómplice marcaron el ritmo de una tarde que se volvió pura tentación.
Ya no éramos desconocidos: éramos cuerpos ardiendo, dejándonos llevar por lo que el momento pedía.
Una playa casi desierta, el sol como testigo y una historia que alcanza su punto más caliente…
Así es cuando el sol calienta de verdad.