Reynell, un joven atlético de 24 años, decidió ir a almorzar a su restaurante chifa favorito después de una intensa sesión de entrenamiento. Al llegar, fue atendido por una camarera nueva que no había visto antes.
Ella, de cabello castaño, piel pálida y unas curvas que resaltaban bajo su uniforme, le sonrió y llamó su atención de inmediato. Desde el primer intercambio de miradas, ambos sintieron una química notable. Mientras ella le tomaba la orden, las miradas se prolongaban un poco más de lo necesario, y pequeñas sonrisas cómplices comenzaban a fluir entre los dos.
A lo largo de la comida, los coqueteos se hicieron más evidentes. Cada vez que la camarera se acercaba a su mesa, le lanzaba pequeñas bromas y comentarios que hacían que Reynell sonriera, y él, sin perder el ritmo, le respondía con un tono seductor. Las miradas se volvían más intensas, y la tensión en el aire era difícil de ignorar.